Entonces llegué a una que me hizo detenerme.
El nombre en la parte superior decía “Barry”.
Una tarde, sucedió algo extraño.
Me dije a mí mismo que era solo una coincidencia. “Barry” era un nombre común.
Pero cuando miré la foto adjunta a la solicitud, me quedé paralizado.
El hombre de la foto me resultaba extrañamente familiar.
Tenía 26 años, el pelo más oscuro que el de mi hijo, los hombros más anchos y una mirada más curtida.
Pero algo en su rostro me impactó profundamente.
La forma de su mandíbula.
La curva de su sonrisa.
¡Parecía el hombre en el que mi hijo podría haberse convertido!
Fue pura coincidencia.
Me quedé mirando la foto.
Había un vacío de siete años en su historial laboral.
Y justo debajo de ese vacío, una breve explicación: encarcelado.
La mayoría de la gente habría descartado el currículum en ese mismo instante.
Yo no. Quizás fueron los recuerdos de mi difunto hijo los que me impulsaron a actuar.
En lugar de eso, cogí el teléfono y llamé al número que aparecía en la página.
La mayoría de la gente habría descartado el currículum.
Barry llegó a la entrevista la tarde siguiente.
Cuando entró en la oficina y se sentó frente a mí, parecía nervioso pero decidido.
El parecido me impactó aún más.
Por un momento, me quedé sin palabras.
Me dedicó una leve y torpe sonrisa.
“Agradezco la oportunidad de la entrevista, señor.”
Su voz me devolvió a la realidad.
Parecía nervioso, pero decidido.
Volví a mirar el currículum.
“Tiene un vacío aquí”, dije.
“Sí, señor. Cometí errores en mi juventud”, dijo en voz baja. “Los pagué caro. Solo quiero una oportunidad para demostrar que ya no soy esa persona.”
Su honestidad me sorprendió. La mayoría de la gente habría evitado el tema.
Lo observé con atención.